domingo, 8 de enero de 2012

KAOS QUÁNTICO, Libro III: Horizonte Quántico, El Holograma Asesino

Esta Vida es una mierda, os lo aseguro. A mí siempre me ha tocado ser el malo fugaz. Si supieran que soy un Avatar y que he venido a poner la zancadilla a algunos, para que no aprendan demasiado rápido. Lo que se aprende rápido también se olvida rápido. Que le vamos a hacer. Siempre le he tenido mucho aprecio a Judas iscariote.

Minium Acarus Bacteri (Secundario ¿innecesario?)

¿VERDAD O REALIDAD?

El Holograma Asesino

La sala de hologramas, donde nos había conducido el Capitán de la Buscadora, era un local diáfano de cien metros cuadrados. Tanto las paredes como el suelo y el techo, estaban constituidos por un material especial antirreflectante y antirefractario, a modo de cámara anecoica.  Los emisores holográficos se podían contar por cientos de miles y el Ordenador principal de “ La Buscadora “ se encargaba de coordinarlos para conseguir un efecto tridimensional, tanto visual como auditivo, olfativo o táctil perfecto.

Cuando era necesaria una densidad material, real, las propias imágenes holográficas servían como matriz electromagnética que era rellenada con una sustancia ectoplásmica, similar a la parafina, maleable, tanto en densidad como en consistencia.  Si la necesidad táctil desaparecía, la matriz holográfica se vaciaba y su sustancia virtual se trasladaba allí donde era requerida.

En las supernaves de la Federación de Galaxias Unidas, por muy grandes que fuesen, no era permitido el uso de los trajes de navegación virtual y esos artilugios de polímero y caucho sólo eran utilizados en los apartamentos privados de las superficies planetarias o en las megalópolis de Vieja tierra. Las veinticinco salas holográficas de la nave tenían unos horarios muy apretados y restringidos; por ello, agradecí el privilegio que se nos había concedido. Obra y gracia, no me cabe la menor duda, del siempre omnipresente José Contreras,  el Viejo Almirante.

–Hasta ahora mismo, no había caído en la pequeña mochila que llevas en bandolera –El inspector Álvaro Rubio hizo una mueca; pero no de sorpresa, sino todo lo contrario, como si estuviese esperando, desde hacía tiempo, que preguntara por su contenido.

–Humberto, es absolutamente imprescindible que este Objeto llegue indemne hasta la Colonia de Atlantis –Abrió el velcro que mantenía cerrada la mochila y pude contemplar, con cierto asombro, un recipiente de boca ancha, cerrada,  y contornos redondeados. Su color gris mate me dijo que la aleación, con la que estaba construido, debía de contener titanio.

– ¿De que se trata, querido amigo? –Lo tomé al peso y pude confirmar mi primera sospecha, era de titanio y parecía no poseer abertura alguna.

–De un mensaje SOS. para nuestros antepasados. Algo que supongo echabas en falta. Lo tenía el Otro.

–Los viajes en el tiempo, se ha demostrado que son imposibles, Capitán Rubio. ¿Ahora que debo hacer, detenerlo?

–Eso no es del todo cierto. De hecho, el Teniente García y quien te habla, no éramos unos simples policías locales encargados de la investigación de homicidios sino... ¿no sé si debo?

–Cada vez me asaltan más dudas acerca de su persona, Capitán.

–Unas veces de tú y otras de usted, en que quedamos, ni que fueses andaluz.

– ¿Siempre con los tópicos, Álvaro?

–Perdona si te he ofendido.

–No, hombre, no. Si lo que sucede es que me hace gracia.

– ¿porqué motivo es imprescindible que ese recipiente, botellón o lo que sea, tenga que llegar intacto al sistema de Tau–Ceti y ser enviado al pasado en una hipotética máquina del tiempo? –Continué preguntando, obviando el resto de dudas que asaltaban mi mente.

–Existen en el Universo conocido, muchos intereses creados. A parte de esto, la reversibilidad de los efectos nocivos causados por los adelantos tecnológicos es imposible a estas alturas. Nuestro Gobierno Federal, concretamente el Presidente Supremo está convencido, tras recibir las opiniones de los expertos en astrofísica, que al Universo, incluido el Gran Cúmulo de Virgo, le queda muy poco de Vida. Mucha menos, de la que tu o yo pudiésemos imaginar.

– ¿Se desea cambiar el pasado para modificar el futuro?..., ¿acaso es eso posible?

–Matemáticamente sí, pero...

No pude obtener una respuesta más completa. Tras un breve silencio, me incitó a que permaneciera firme en mis investigaciones y a que protegiese, con mi propia vida si fuera necesario, el contenido del enigmático recipiente. Yo soy un hombre muerto, me repetía continuamente. Deberás, si me sucediera algo, enviarlo al pasado sin más dilaciones.  Probamos varios programas de la sala de hologramas y decidimos quedarnos con un relajante paisaje de alta montaña, procedente posiblemente de los archivos de Vieja Tierra, para utilizarlo como ambiente maestro.

Los pinos y abetos se mecían levemente debido a la suave brisa que también acariciaba placenteramente nuestros rostros y alborotaba nuestros cabellos con manos de mujer. El frescor era acompañado por un cierto grado de humedad y el melodioso sonido de un riachuelo con sus pequeñas cascadas.

El trino de los pajarillos competía en hermosura con el ruidoso chapoteo de las truchas y el colorido de sus propietarios adornaba, con movimientos veloces, el estático colorido de las amapolas y otras florecillas silvestres.

Álvaro y yo, nos encontrábamos en una ladera cercana al tupido bosque y la corta y húmeda hierba adornaba nuestra conversación con pequeños crujidos y chasquidos al ser aplastada por nuestras alienígenas botas.

– ¡Miniun Acarus Bacteri! –la imagen del sospechoso apareció en nuestro paisaje virtual surgiendo de entre la maleza, en cuanto lo nombré –desearía realizarle algunas preguntas referentes a Roberto Beltrán’Jr.

–Bonito paisaje Capitán Romero, escupa por su boca – contestó insolente–, ya veremos en que podemos serle útil.

– ¿Notó algo extraño, en relación con usted o con sus otros compañeros por parte del señor Beltrán’Jr?

–Todo era extraño en él. Era un solitario intratable. No me extrañaría que hubiese llevado una doble vida; pero para serle sincero, aunque me avergüence reconocerlo, Roberto Beltrán’Jr nos producía miedo.

– ¿Trabajaban muchas horas en la oficina virtual?

–Mire usted, capitán, yo trabajo las horas reglamentarias que tiene establecido el Estado Federal y que ha reconocido el Sindicato de... Chupa tintas; pero Roberto Beltrán’Jr iba por libre, como si se encontrara por encima de todo y de todos, incluso del Bien y del Mal.

–En algún momento –Proseguí con el interrogatorio ante la atenta mirada del Inspector Rubio–, ¿Pudo pasarle por la cabeza que Roberto no fuese simplemente Roberto Beltrán’Jr, sino algún otro, con su apariencia, que sé yo, un espía, policía o agente infiltrado?

–Roberto, querido capitán, era un enigma absoluto para todo el mudo. Podría haber sido hasta el mismo diablo. Unos decían que estaba loco, otros que sabia más de lo que demostraba. Algunos opinaban justo todo lo contrario y también había quien opinaba que se trataba de un alienígena infiltrado. Yo tan sólo puedo decirle que era un enemigo de altura, terriblemente peligroso. Si..., creo que era poseedor de poderes sobrenaturales y que nunca se supo claramente de donde procedían.

– ¿Cómo dice?

–Lo que está escuchando Capitán. No, la telepatía y esas nimiedades que sus científicos llevan estudiando desde hace siglos, no, que va. Beltrán’Jr podía hacer enfermar a sus enemigos a distancia. Incluso puede que matar a alguien mentalmente. Sus enemigos éramos conscientes de sus cualidades e intentábamos cuidarnos bien de él. Es posible que no me crea pero..., otra cosa, sí, siempre tuvo problemas con extranjería por la validez de sus papeles.

–Señor Acarus –Intervino el Inspector Rubio mientras me dirigía una mirada de consentimiento–, ¿Me permite Capitán Romero?

–Adelante, por favor, está usted en su casa.

–Señor Acarus, con la sinceridad que veo le caracteriza a usted ¿Quién mató a Beltrán’Jr?

–El Capitán Romero..., Humberto Romero –Me señaló.

– ¿Cómo se atreve?

–No, Capitán, si usted hizo muy bien. Yo también lo hubiese hecho de saber que la justicia no...

–Miniun Acarus –Prosiguió el Inspector Rubio–, usted debe saber que en la Red Virtual, cualquiera puede tomar la forma de otro. ¿No es así?

–A eso me refería, al principio, capitanes ¿Saben ustedes?, en una oficina virtual todo se sabe y Beltrán’Jr se reconocía perseguido por un conocido Inspector de la Red, ¡Usted!

–Yo jamás vi a ese hombre vivo –Intervine–, tan sólo su cadáver.

–Eso no es lo que él decía.

–Tranquilo Humberto –Colocó Álvaro su mano abierta sobre mi hombro y golpeó repetidamente–, todos sabemos que no pudiste ser tu.

Me tranquilicé. La conversación fue interrumpida por alguien que surgió de detrás de los pinos. Era la figura de un conocido pirata informático. Ahora que  lo podía contemplar, con mayor atención, pude comprobar que fue él quien presuntamente intentara matarme y quien, también presuntamente, asesinara a más de veinte individuos ¿Porqué desconfiaría de mi Laura?

–Es idéntico a ti Humberto –Apuntó asombrado Álvaro Rubio.

Efectivamente, los mismos lunares, las mismas arrugas, el mismo mono, las mismas botas... Aunque todo invertido.

El Capitán Rubio cogió la mochila que contenía el ánfora de titanio y la apretó contra su pecho, como si intuyera que ese alguien había venido para arrebatárselo e impedir que cumpliera con su objetivo.

El pirata, el auténtico Otro. Ahora podía entender claramente lo que significaba ese Otro en el ordenador de Roberto, ni Yo ni Beltrán’Jr. Desenfundó algo y levantó su brazo. Pude ver como su mano empuñaba algo pequeño pero muy brillante. Era un mortífero láser virtual.

–Todos al suelo –Grité.

Posiblemente, el pánico hizo que Miniun Acarus Bacteri no escuchara mi grito de alarma y salió corriendo hacia la maleza.

Un rayo verde esmeralda surgió del arma que apuntaba hacia mi tumbada persona; pero tuve la suerte de rodar hacia el lado opuesto que intentara adivinar mi doble. Sin embargo, la materialización holográfica de Miniun se dirigió inconscientemente en busca del mortífero haz de luz.  Pudimos contemplar como su imagen temblaba y se diluía, mientras un enorme boquete atravesaba su sustancia plasmática. Un espantoso grito surgió de Miniun y su holograma desapareció.

El Capitán Rubio se acercó, arrastrándose hacia mi persona y me pasó, nerviosamente, la mochila.

–Pase lo que pase, Humberto. Pase lo que pase, haga que el contenido de ésta cosa llegue a su destino. Mándela al pasado. Cuando llegue a Tau–Ceti pregunte por el Doctor Einsmalder, él sabrá. Cuente también todo lo que está sucediendo e introdúzcalo en el ánfora. Seria conveniente.
 
Álvaro Rubio desenfundó su pistola fásica de láser de rubí y la colocó al máximo de potencia. Se incorporó a pesar de que yo intentara retenerlo.

–Déjeme y haga lo que le he dicho.

–Maldito cabrón, sal de tu escondrijo –Increpó Álvaro Rubio al pirata.

–Mi réplica apareció entre la maleza y disparó con su pistola de rayos contra el Inspector.

El ánfora parecía temblar, como si estuviese viva, bajo el calor de mi regazo. Estaba convencido que tan sólo era una ilusión. El olor a carne chamuscada se hizo insoportable. Una mancha de sangre y unos pocos despojos era lo único que daba testimonio, a pocos metros de mi posición, de lo que hacia unos instantes fuera un ser vivo, mi compañero y amigo.

–No eres más que un maldito holograma, Hijo de Puta – Chillé con todas las fuerzas que me permitieron la garganta y mi estómago.

– ¡Humberto!, ¿Acaso no me reconoces? Soy tu, ¡maldito seas!

–Eso es imposible, no podemos estar al mismo tiempo, desdoblados, en el mismo lugar.

–Eso es lo que tú crees; pero las paradojas espaciotemporales producen dimensiones paralelas. He venido a matarte e impedir que...

–No entiendo una maldita palabra, cacho cabrón, no te creo.

–He venido a matarnos. Soy consciente de que cuando tú mueras yo también lo haré; pero es necesario.

–No entiendo un pimiento,  joder.

–No es importante que tú entiendas o dejes de entender; sin embargo, es imprescindible que desaparezcas y me entregues lo que intentas proteger con tu propia vida. 

En esos instantes no entendía nada de nada e incluso pensé que todo podía ser un mal sueño o una ilusión. Eso era,  estaba perdiendo la cabeza mientras me encontraba en Vieja Tierra, enfundado en un traje de polímeros y caucho.  ¿Porqué el pirata sabía lo que mi cuerpo protegía...?

Parecía que me estuviese leyendo el pensamiento. Además caí en la cuenta de que había intentado decirme algo; pero yo le había interrumpido.

Empecé a rodar ladera abajo, hasta que llegué a unos matorrales que ocultaron mi cuerpo. Aferré mi láser y me preparé para lo peor. Tenía que llegar hasta el panel de control de la sala de hologramas.

Lo que yo consideraba casi imposible se encontraba delante de mí. A pocos pasos, la figura de mi Otro yo, me apuntaba con su arma, cargada de muerte y destrucción. Era un hombre muerto. Yo era, ineludiblemente, un hombre muerto.

–Humberto, ha llegado tu hora. El Antimundo no te perdona su futura destrucción.

–Yo... yo, yo no he destruido nada. ¿Que dices..., el Antimundo?

Sólo veía la pistola. Luminosa, brillante. Rayos de luz rectificada en fase saldrían, en décimas de segundo, de un modelo Andrómeda X26. El rayo apuntador debía reflejarse en mi frente. Saltarían mis huesos por los aires acompañados de pelo y carne. Después, tanto la materia blanca como el blanco grisáceo del cerebro se dispersaría con furia sobre el suelo holográfico hasta consumirse en el calor de un infierno muy real.

–Dime sólo una cosa, antes de morir –Intenté ganar tiempo.

–Hay tiempo. Creo que todavía tengo un poco de tiempo para ti.

– ¿Quién eres, que quieres?

–Ya te lo he dicho, dame el ánfora. Soy un otro Tú, que existe debido al antimundo que creaste, que creas y que seguirás creando si yo no lo impido. No soy divino como tú,  aunque te pertenezca. Aquí tienes al producto de un sueño tuyo nacido de una paradoja temporal. ¿Cuántos, clones, como yo hay en otros infinitos antimundos?, claro, tu tampoco lo sabes. Eres un Creador arquetípico inconsciente. Un maldito demiurgo hundido en la miseria de un simbionte animal. Te odio, no sabes cuanto te odio. Mi mundo no existiría si vosotros, los humanos del Mundo material no lo hubieseis creado con vuestro egoísmo y vuestra falta de visión. No sólo habéis caído vosotros en la mierda, sino que nos habéis creado a nosotros para que disfrutemos con su fétido olor; pero tú no me preguntaste si quería ser creado.  Ninguno de mis congéneres fue preguntado. Tu muerte lo solucionará todo, por lo menos para mí. No somos ni buenos ni malos tan sólo defendemos nuestra efímera existencia. Vida, ella, que nos arrebatáis cada vez que interferís en los pliegues, espacio temporales.

– ¿Cómo es eso posible? –Pregunté.

–Vuestras singularidades cuánticas están acabando no sólo con vuestro Mundo sino también con el nuestro.

–Sigo sin entender nada.

–Ya lo sé. Interviniste, estás interviniendo e intervendrás en el entramado del Espaciotiempo. Ya se ha terminado nuestro tiempo.

Un movimiento sobre el gatillo de la pistola fásica. El dedo apretando...

Una rápida y fuerte patada surgió de la nada y se estrelló poderosamente contra la yugular del Pirata.

–Lo que tenga que ser será. Ya basta de intervenciones no deseadas –Una dulce y conocida voz femenina anunció el lugar por donde surgiría un hermoso y deseado cuerpo, mejor conocido aún.

–No podrás impedir que realice mi trabajo bruja –Quién decía ser mi anti yo, se incorporó a una velocidad sobrehumana y paró con su antebrazo izquierdo un mortal puño martillo que Laura dirigió hacia la cicatriz ósea de su cráneo.

Un gancho, upercut, del Otro se estrelló contra la barbilla de mi salvadora, mi amada.

–Muere bruja.


Un haz fásico surgió de la pistola del Otro y barrió un extenso área, donde el cuerpo de Laura se encontraba.
– Noooooo...! –Grité impotente.

No se escuchó ni un chasquido, ni un sólo grito, tampoco algún lloro.

Aproveché un instante de confusión para incorporarme y dirigir mi mano hacia el panel de control de la sala holográfica. Curiosamente giré mi cabeza y pude observar la tremenda destrucción que se estaba produciendo alrededor mío.

El olor a ectoplasma quemado era insoportable y la imagen holográfica de mi amada iba desapareciendo envuelta en una tormenta de humo, luz y color. Pulsé el botón de emergencia y todo acabó.

La opaca sala dejaba entrever, entre su negrura, parte de la destrucción. Unos pocos despojos ensangrentados confirmaban la muerte real de mi compañero Álvaro Rubio.  Las puertas se abrieron y pudieron entrar varios guardias de seguridad.

– ¿Que ha sucedido Inspector Romero? –me preguntó Hércules el Jefe de Seguridad–, las alarmas saltaron como locas; pero algo desconocido nos ha impedido abrir las puertas de esta Sala.

Sólo tuve fuerzas para señalar con mi mano el lugar donde no hacía demasiado se encontrara el Inspector Rubio, mientras aferraba una mochila que contenía un ánfora del que desconocía su contenido. Todo se volvió borroso y me desmayé.

*